Valle de silicona

Rodrigo Lobos
29 de junio- 28 de julio

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Valle de Silicona es la tercera muestra individual de Rodrigo Lobos en galería Die Ecke. En ella se exhiben un grupo de pinturas hechas con silicona de platino sobre arpillera. En cada una de estas pinturas, Lobos compone narrativas que se despliegan sobre la superficie de la silicona, uniendo dibujos de manos que gesticulan con logos e iconos. Las composiciones ponen en relación dibujos basados en fotografías de terapia del espejo (para el síndrome del miembro fantasma) junto a logos de certificaciones de sustentabilidad, corporaciones y señaléticas de seguridad entre otros. Las narraciones presentes en Valle de Silicona están dirigidas a abrir un espacio fuera de lo habitual en la recepción de los materiales y la iconografía, un espacio que idealmente facilite revaluar los programas y las formas de existir de estas imágenes.

Patagonia
Rodrigo Lobos llegó a Nueva York, hace unos años, riéndose del trekking y las áreas de ecología importadas. Lo hizo con pinturas de sal y topografías de terratenientes delirantes. Su área de acción era esa sensación agradable que la gente con dinero tiene de poder comer pollos felices, frutas orgánicas y hacer caminatas en paisajes limpiecitos. Sus obras apuntaban a eso de sentirse agradado en estar haciendo algo bueno por uno y el mundo, la distinción y ética de esa satisfacción.

Recientemente Lobos movió su trabajo a un área más difícil de describir. Aún existen símbolos y relaciones de ataque al privilegio en las pinturas que muestra ahora en Chile, aún existe la molestia de no saber que hacer al respecto, pero lo que está más presente es la posición de complicidad necesaria para poder entender que es lo que pasa realmente. No solo atacar a los cuicos/dueños del mundo (agringados y luego gringos propiamente tal), con la necesaria autocrítica desde su posición, sino que poder hacer obras que hagan sentir y pensar los problemas. No solo apuntar a ellos sino que hacerlos presentes….y como hacerlos presentes? pintando claro está.

North Face
En el tiempo en que uno esta en frente de una pintura de Rodrigo Lobos pasan por lo menos dos cosas rápidamente: la lectura de sus símbolos y luego de haber elucidado de que se trata, la sensación que la cosa (la pintura) sigue ahí en la pared mirándonos, incomoda, esperando algo más. El primer momento es el deseo de decir algo urgentemente (con el también deseo implícito de desdecirse) y después…esta todo el tiempo después. Se va agotando el momento de crítica y se suspende el momento inicial de inmersión pictórica, se trunca el deseo de claridad y se queda uno suspendido entre lo que se muestra y lo que le esta pasando a uno.

En mí opinión, muchas de las pinturas hechas en Nueva York se quedan en el primer momento de experiencia y de lectura, uno cataloga el espacio discursivo del trabajo y deja que los elementos de la pintura produzcan, y ojalá cambien, como uno percibe. Es posible que esto venga inicialmente de Pollock y Newman que lograron hacer pinturas que siempre están ocurriendo para quien las ve, en este momento ahora siempre…o de la idea eternamente recurrente del mercado, de siempre presentar algo “nuevo”, siempre consumible. Las pinturas de Lobos tienen esa cosa de desenvolverse e interrumpirse, que es propia de la pintura más avanzada, la que re-propone la famosa duda de Cézanne como la articula Thierry de Duve (a través de Lacan) en Nominalismo Pictórico: “…si eres tú, no soy yo. Si soy yo, eres tú quien no es”.

Gato Negro
Las líneas incaicas de algunas pinturas de Lobos son clave evidente de que los trabajos tienen aparatos de lectura semi-graciosos, semi-abstractos y semi-Latinoamericanos. Funcionan inicialmente como lineas de bordado que tratan de ser abstractas, con su relación folclórica y su abstracción como eje simbólico, luego el trabajo vuelve a decir "Latinoamérica" con su imagen de tecnologías prehispánicas. Es gracioso verse en ese proceso de lectura: lana como Cecilia Vicuña, abstracción como Anni Albers y luego la cita a un poster de turismo: ”Visite Cuzco”. Puede ser que a esas pinturas les interese el entrecruzamiento de todos esos momentos y lugares porque es necesario “plasmar” esa superposición, cancelando esencialismos y lugares comunes. Todo eso para poder estar con ellas en un espacio más neutral sin juicios rápidos, el espacio pictórico.

Las formas y símbolos en las pinturas se leen rápidamente como ataques a comportamientos si uno tiene los códigos a la mano. Este ataque es al privilegio ya citado, con sus logos ecológicos y momentos de reglas de comportamiento en la industria del servicio: ”los trabajadores del establecimiento deben lavarse las manos después de usar el baño”, reglas de seguridad en el trabajo y hasta el cuerpo del trabajador (ausente) que debe mover paquetes rápidamente. También hay alusiones a las exportaciones de calidad chilenas como Gato Negro, represas hidroeléctricas y brazos que parecen venir de folletos evangélicos. Las ideas de entrega/sacrificio y martirio/explotación están rondando las imágenes. Todos estos símbolos no creo que sean tan importantes como parecen. Son exactamente lo que son, re-formados para contar historias en un tono de juego semántico fácil de seguir. Ese juego, creo yo, es relativo porque es sobre un espacio de amargura y reticencia que se va transformado con humor y complicidad. Como los juegos de Magritte, no es el punto que una montaña tenga perfil de pájaro, sino lo que esto produce en uno.

Punta de Lobos
Las pinturas están hechas de una forma, tienen un sistema, están fabricadas y no pintadas relacionamente. Lobos las planea y ejecuta, son el resultado de un proceso de producción. En Nueva York la pintura tomó este sistema estructural post-francés para usar la expresión pictórica sin que esta fuera la expresión subjetiva/emotiva de su creador. Se supone que Johns lo hizo a propósito por esta razón y Warhol, Lichtenstein y Stella entre otros siguieron esa linea. Sus razones son relativamente locales, pero como pasó en el centro económico mundial, se convirtió en dogma de un tipo de pintura y se diseminó perdiendo sus razones iniciales.

Las pinturas de Lobos están limpias y selladas, a pesar de la arpillera y de la aparente mancha, que en definitiva esta congelada como marca física, silicona, en y a través, de la arpillera. Esa materialidad hace que al estar con la pintura, uno siente que le está pidiendo algo. No dicen que son irónicas ni que tienen una critica contundente, se desploma su armazón evidente y siguen ahí esperando que uno encuentre que hacer. Eso es lo que mejor hacen estas pinturas, no son un texto crítico, sino que son pinturas, con todas las contradicciones que eso implica. Los colores y las formas rebotan y no se cansan de parecer que van a empezar a producir algo.

Hay una entrevista a Bruce Nauman donde él habla de Lenny Tristano, un pianista de Jazz que solo tocaba la mejor parte, sin introducción ni desenlace, solo la mejor parte que le pega a uno en la cabeza. Así explica Nauman el deseo de lo que quiere que pase con su propio trabajo. Las pinturas de Lobos no hacen eso, más bien hacen la introducción contundente y parece que va a pasar algo, pero uno empieza a darse cuenta que la canción no era la que uno pensaba, que las pinturas no aguantan decir algo, que le hacen a uno sentir que no hay mejor parte y que esa es su área de acción.

Cristobal Lehyt
2018