CONTRACORRIENTE

NATI BERMEJO, GABRIEL KONDRATIUK, REMY & VEENHUIZEN
04 - 27 ENERO 2018

Ocurrió hace unos trece años, cuando acababa de incorporarme al equipo de dirección de un centro de arte contemporáneo español, el CAB de Burgos. Recuerdo el gesto de sorpresa (no sin un claro sesgo de menoscabo) y algún que otro desdeñoso comentario, de una muy reconocida galerista española que se llevaba las manos a la cabeza porque en el “museo” presentábamos un ciclo de video clips musicales realizados o dirigidos por importantes cineastas o profesionales del video. Una pequeña satisfacción me invade cuando recuerdo cómo a partir de ese momento otros curadores y museos comenzaron a programas ciclos similares.

Viene este pequeño cuento a ilustrar la idea y el título de esta exposición que presenta la Galería Die Ecke, cuyo director, Paul Birke, que ya estaba en mi lista de galeristas con criterio y rigurosidad a la hora de llevar a cabo su trabajo y su programa de exposiciones y artistas, ha pasado sin duda también a engrosar esa lista de personas a las que tengo algo que agradecer, el darme la bonita oportunidad de curar esta muestra para su espacio.

Vivimos tiempos, al menos en el arte, en los que la factura artesanal o manual de las obras artísticas está “démodé”. Actualmente, casi todo artista que se precie presume de que sus obras se las hacen en tal o en cual profesional, en tal o cual compañía de producción, hasta el punto de que su papel se limita en exclusiva a diseñar, a idear la pieza y a encargar a otros artesanos su manufactura o su factura a secas. No es que me parezca mal esta modalidad, obviamente, pero sí que me produce cierta perplejidad que el hecho ocurra tan masivamente. Por supuesto, con este comentario no quiero significar que estoy en contra de ello, (esta exposición es incluyente, no excluyente) y que quiera denostar ese modo de concebir el objeto artístico, sino que me gustaría que todos aquellos que aún hacen sus piezas a mano no fuesen considerados en cierto modo “carcas” o antiguos, como creo que les considera, al menos, por una parte del sector artístico.

Esta defensa de esta manera de crear, digamos, extemporánea, es uno de los pilares de esta exposición, que pretende, entre otros objetivos, poner en valor aquellas obras que son realizadas de un modo muy personal, artesanal y sin encargar a nadie su realización.

Obviamente, no se trata tampoco de que queramos centrar el interés de las piezas en que las obras se hayan realizado manualmente, porque no basta con eso para que una pieza sea valiosa o resulte interesante.

Si hablamos de concepto, sin duda, me atrevo a decir que de la obra de los tres artistas que presentamos en Die Ecke se puede inferir una idea, un mensaje interesante, una tesis, palabra muy en boga, que resulta común a los tres, pero ninguno de los tres artistas necesita publicarla a priori, antes de ese momento siempre único, sensorial, excitante y carnal que ha de ser, desde mi punto de vista, el hecho de contemplar una obra de arte. No influye a la hora de conseguir despertar nuestro interés o provocar nuestras emociones ni nuestras reflexiones.

Digamos que hablamos de obras que brotan en respuesta a los impulsos creativos de los tres artistas que aquí se reúnen. Hay algo de telúrico, inconsciente y visceral en los tres. Obras de carácter intuitivo pero paradójicamente, reflexivo a la vez. Simplemente lo que ocurre es que la prioridad del artista no consiste en proponer su idea de una manera explícita o escrita, ésta queda oculta bajo la imagen, pero está ahí y cualquiera de nosotros, puede inferirla.

Eso es ir en contra de unos tiempos en los que nos hemos acostumbrado a que tengamos siempre a mano un documento donde se nos cuenta desde un primer momento de qué van las obras que estamos contemplando, a que se nos faciliten unos argumentos conceptuales que aglutinan las piezas dispuestas en el espacio expositivo. Sin ellos, nos encontramos como desvalidos, perdidos en un mar de imágenes que no sabemos de qué manera aprehender, ni disfrutar. Necesitamos pistas porque si no, no sabremos qué ver o nos invadirá una descarnada soledad que nos convertirá en espectadores de nada, a lo sumo de “algo” que nos deja igual que antes de ponernos frente a ello.

Obras, artistas, a contracorriente, por los dos motivos arriba descritos.

Pero hay una tercera razón por la que llamar así a esta exposición, vamos con ella:

Haciendo referencia a la anécdota con la que comenzaba este texto, he de decir que aceptamos, sin duda posible, como miembros del club “arte”, determinadas manifestaciones plásticas o visuales que están socialmente admitidas o aquellas nuevas que han sido catapultadas a la categoría de artísticas por el curador estrella del momento mientras que existen otras que siguen a la espera de que la varita mágica de la fortuna les toque algún día y pasen a engrosar la lista de las disciplinas de primera división.

He visto mucho arte en el radiador “heatwave” de Joris Laarman, en el “tennis ball bench” de los Remy and Veenhuizen o en muchos de los diseños de interior de Verner Panton, creaciones en las que la carga estética de las piezas está, por lo menos, al mismo nivel que la función para cuyo cumplimiento las piezas fueron diseñadas y, desde luego, supera con creces a otras esculturas o instalaciones que se quedaban muy por debajo de los valores formales y estéticos de estas a las que me estoy refiriendo.

Es por eso que la presencia de los diseñadores holandeses Remy and Veenhuizen en una galería de arte se convierte en la tercera razón del título de esta muestra.

Nati Bermejo viene realizando desde los años 90 un trabajo insistente en cuanto a las ideas y las herramientas para darles plasticidad. Sabe lo que quiere desde hace tiempo y lo que tiene que hacer, o más bien, diría yo, que sabe lo que la preocupa o los enigmas que tiene que resolver. No ha sufrido los típicos vaivenes que otros artistas de su generación han experimentado en función de lo que la escena reclamaba o era necesario para subsistir o estar en la cresta de la ola, sino que se ha mantenido fiel a sí misma. En resumidas cuentas: un bastión inexpugnable de la independencia creativa.

Esas preguntas que Nati se hace, la asolan ante la contemplación, el estudio y la observación de la grandiosidad de la naturaleza y la evidente fragilidad de nuestra existencia. Más evidente aún en nuestros días, en los múltiples y diferentes conflictos que asolan nuestro mundo.

Pero la forma de la artista de plasmar sobre el papel estos asuntos no es, digamos, beligerante. Ella huye de adoptar posturas de artista político y sus obras son, más bien, calladas y silenciosas. Intensas desde el punto de vista emocional pero parcas desde el punto de vista visual o plástico.

De hecho, se sirve de fondos negros, los más oscuros posibles, conseguidos en base al grafito y al pastel sobre papel, para poner en valor determinados elementos de la naturaleza que tienen una sutil relación con los enigmas inexplicables de nuestra existencia y cómo la humanidad ha ido utilizándolos para adaptarse a sus condiciones de vida en cada momento histórico.

Se trata de piedras, de huesos y de meteoritos que en cierto modo dan pistas o explican cosmogonías y la esencia del pensamiento humano, como describe la propia artista. Son elementos atemporales, comunes a todas las culturas que, como dije más arriba, la artista destaca o resalta no por su aspecto meramente formal, sino por su carga semántica: símbolos de los esfuerzos humanos a lo largo de la historia por dar sentido al mundo y aquello que se nos escapa a nuestro intelecto.

Elementos de la naturaleza, de la biología o artísticos que pueden ser encontrados en los museos antropológicos y arqueológicos, incluso en los lugares habituales como los bazares chinos, sirven a Nati para, como a todo buen artista, hacernos interesantes preguntas y no para tratar de ofrecernos respuestas.

Un hacha junto a las huellas que los dedos que la manejan dejan en la oscuridad, convirtiéndose en estrellas. Unas figurillas de piedra del tamaño de nuestra mano que esconden desde hace miles de años lo único que aún sigue moviendo el mundo: el sexo y por tanto la maternidad.

Conexiones de este tipo pueden colegirse de las seis espléndidas piezas que la artista muestra en Die Ecke. El comienzo de una serie en la que nos promete seguir sorprendiéndonos hasta el verano…

Tejo Remy y René Veenhuizen son dos diseñadores que vienen trabajando en pareja desde comienzos de los años noventa. De una dilatada carrera y con un reconocido prestigio (sus obras forman parte, por ejemplo, de la colección de diseño del MOMA), han renunciado desde el primer momento a dejarse llevar por el torbellino irrefrenable de la producción en serie e industrial de objetos. Sus intereses van por otro lado: experimentar continuamente y dar prioridad a los materiales que su contexto diario y al que se pueden desplazar temporalmente, pone a su alcance. Como ellos mismos dicen: “Nuestro mundo como herramienta”, frase que da título a una reciente publicación que recoge toda su trayectoria y que salió a la luz con motivo de la exposición individual que realizamos en el CAB de Burgos en el año 2015.

Un mundo como herramienta para llevar a cabo un trabajo artesanal, en una gran parte de los casos, por encargo de Instituciones o empresas, en los que el objeto diseñado ha de tener como finalidad satisfacer unas necesidades específicas, o bien en los que una idea, un concepto, hace de detonante de todo un desarrollo.

Tal es el caso de la serie titulada “Euplectella” que presentan en esta exposición, constituida por objetos lumínicos inspirados en la vida de las profundidades de los océanos.

Como ocurre en todos sus trabajos, para ellos la forma no es uno de sus principales intereses, aunque curiosamente, todos los que observamos sus obras, encontramos que son interesantes en el aspecto formal, y como ocurre con las piezas de Euplectella, nacen de una forma aleatoria, aunque, tengan como principio, la multiplicación de hexágonos.

Otra vez la naturaleza más profunda y oscura, al igual que ocurre con Nati Bermejo, vuelve a ser el prístino origen de la creatividad, en este caso, de la pareja holandesa residente en Utrecht.

La Euplectella Aspergillum es una diminuta esponja de vidrio que vive en simbiótica vida con un camarón. El desconcierto que genera el hecho de que un organismo pueda producir vidrio sin calor, es el que los diseñadores tratan de reflejar en sus piezas de luz que tienen, por tanto, una apariencia equívoca y una luz furtiva que produce juegos inexplicables de sombras y luces en la pared, refiriéndose a la oscura y misteriosa vida del mar profundo.

Otra vez la curiosidad por encontrar sentido a nuestras vidas. Otra vez la búsqueda incesante del porqué y los orígenes de la existencia.

No iba a ocurrir lo contrario con nuestro tercer protagonista, Gabriel Kondratiuk, argentino residente en Austria, que desde su infancia quedó subyugado, se vio imposibilitado a no sucumbir ante el poderío natural del entorno paisajístico que ha rodeado su vida desde sus primeros días, dejando una imborrable huella en los más recónditos lugares de su cerebro y de su alma.

Y no es de extrañar que ese Sur de la Patagonia con su inabarcable poderío y fuerza deje marcado para siempre a todo aquel que durante días y días viva sumergido, casi hipnotizado, ante esa magia.

Como el propio artista indica, su cerebro ha venido llevando a cabo una suerte de proceso consistente en almacenar, grabar imágenes de aquellos territorios, que él mismo utiliza cuando los necesita y que revierten sobre el papel, la tela, o la pared.

Conforman un sin fin de formas, texturas, colores y ritmos que nos sitúan frente a una especie de “jam session” pictórica para la que Gabriel invita a las noches, los días, los árboles, las flores, las frutas, las montañas y los ríos a tocar con él.

Un jazz que nos envuelve y nos emociona hasta niveles impensables. Libertad e improvisación pictóricas. Así es, para mí, la pintura de Gabriel Kondratiuk.

Ese íntimo y telúrico vínculo que une el hombre con su entorno es el que está presente en todas y cada una de las piezas que componen el trabajo del pintor y que esta vez, y en la galería, se cuantifica en una amplia selección de una no menos abundante e incesante producción.

Como abundantes son también los elementos que componen sus obras hechas al óleo y pastel en alusión a la espesura del bosque y en contraposición a otro grupo de trabajos, las acuarelas, que en este caso se refieren a la ligereza y la transparencia del agua, otra de las grandes protagonistas del paisaje de su territorio natal.

Ese contraste, ese cambio brusco de registro, no deja de ser, en el caso del artista, un reflejo de la experiencia paisajística. Esto, unido a una dinámica de cambios que experimenta la naturaleza misma a lo largo de los días y los meses del calendario, y que Gabriel sabe transcribir de manera tan enigmática en el papel, nos lleva a los espectadores a sumergirnos también en una amalgama de sensaciones cambiantes adrenalínicas, un torbellino, una montaña rusa de percepciones de la que no nos queremos bajar.

Emilio Navarro, curador de la exposición Contracorriente.
Noviembre 2017